Dos escritores
- dowlezes
- 14 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Lucky y Luke, vivían en un pequeño apartamento lleno de libros y tazas de café medio vacías. No ganaban nada con sus obras, pero eso no les importaba. Cada uno pensaba que el otro era el más talentoso, aunque ambos se reían de lo mal que les iba.

Lucky escribía novelas interminables sobre un dragón vegetariano que nunca lograba conquistar un castillo. Luke, por su parte, escribía poemas sobre el sol, aunque nunca entendió muy bien por qué. Ambos se sentaban a horas intempestivas y discutían sobre qué era la "literatura verdadera", sin tener la menor idea.
Un día, Lucky dijo: "Si vendiera un libro, me compraría una pizza". Luke, sin pensarlo, respondió: "¿Una pizza? Yo con un libro vendido me compraría una planta... y la mataría en una semana". Entre carcajadas, sabían que no tendrían dinero ni para una planta.
A pesar de sus fracasos, propusieron organizar una presentación de sus "grandes obras" en el bar de un amigo. Nadie apareció. Bueno, casi nadie: una señora confundida y su gato. Pero en un giro inesperado, el gato comenzó a maullar de manera tan insistente que el dueño del bar les ofreció un contrato para una edición limitada de sus libros, solo porque pensaba que ese maullido era "arte contemporáneo".
Así, Lucky y Luke finalmente se hicieron famosos... en el mundo felino.
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Faltaban dos semanas para acabar el trimestre y los alumnos todavía no habían escogido a los dos escritores que ordenó el profesor Octavius.
—No sé por qué tardáis en decidiros. Después, no me vengáis con lamentos si os suspendo. —Tenéis casi tres meses por delante, —dijo muy seriamente el profesor de literatura romántica mientras se recolocaba las gafas.
Hacía tres décadas que Julius Octavius impartía clases en la universidad de Westminster y no recordaba un grupo tan despreocupado como ese.
Octavius pidió audiencia al rector porque estaba muy cabreado con semejante elenco, pero Sir Samuel Mackanna se la negó. Desde que Julius le robó a su novia Clara, juró que solo hablarían de temas académicos y últimamente, ni siquiera le devolvía el saludo.
—Pon orden en mi clase o me largo y te quedas sin tutor, —escribió Julius en una nota que dejó en la mesa de Samuel.
Sir Mackenna seguía odiándolo después de diez años. Iba a casarse con Clara, pero Julius se la arrebató.
—Si Clara se decidió por mí, no tengo la culpa, —le dijo en una ocasión.
Samuel quería batirse en duelo.
Se acercaba la fecha de entrega. Los alumnos más comprometidos entregaron el trabajo a tiempo. El resto, suspendido, seguía muy de cerca el culebrón dialéctico entre su profesor y el rector Mackenna.




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