Evanescente
- dowlezes
- hace 4 días
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En un rincón olvidado del tiempo, donde las estaciones se cruzaban como hilos de un tapiz evanescente, vivía Lía, una joven que podía ver lo efímero en todo. A través de sus ojos, las hojas de los árboles desaparecían antes de llegar al suelo y los rostros se desvanecían como reflejos en el agua.

Un día, mientras paseaba por un bosque que parecía susurrar secretos al viento, encontró a Daniel, un joven de mirada infinita que parecía no desvanecerse como el resto. Se sorprendió al descubrir que podía mirarlo sin verlo desintegrarse en un haz de luz.
Intrigada, Lía se quedó. Hablaron de estrellas, de sueños y de las cosas que los demás no podían ver.
Daniel era distinto porque también percibía la fugacidad del mundo, pero había aprendido a encontrar belleza en lo transitorio. “El amor no necesita ser eterno para ser real,” le dijo mientras le ofrecía una flor que desapareció entre sus dedos al instante.
Cada encuentro se convertía en un instante único, como un destello en la oscuridad. Sabían que no podían permanecer juntos mucho tiempo; la naturaleza efímera de sus vidas los reclamaba. Pero el amor que compartieron, aunque evanescente, dejó una huella imperecedera en sus almas, como un eco que nunca cesa.
Y así, en lo efímero, encontraron lo eterno.
****
—Papá, vuelve a contarme cómo conociste a mamá.
—¿Otra vez? Si ya te lo he explicado mil veces.
—Es que me encanta la escena de la biblioteca.
—¡Vale!, pero recuerda que ésta será la última.
—Era viernes… o quizás sábado. Tu madre se había detenido frente a la estantería de los libros de viajes. Yo me acerqué sigilosamente a su oído derecho y con una voz tenue, casi evanescente, le conté un secreto. Una frase sutil que deseaba compartir con ella desde que la vi entrar en el hall.
—En un estado de ensoñación, imaginé que sus tersos senos se fundían en mi pecho. La visión, aunque vaporosa, permaneció secuestrada en mi retina toda la tarde. No me podía concentrar en nada más.
—Deseaba cruzarme con ella otra vez. Compartirlo todo. Me hipnotizaron sus andares, su silueta, su larga melena. Quería susurrarle al oído palabras subidas de tono.
—Por un momento, me pareció que tu madre me miraba tan profundo que podía atravesarme la cabeza. Se situó frente a mi y tropezando a propósito se agarró a mi cuello. Noté sus pechos, su respiración. Creí entender que deseaba más interacciones.
—Pero papá, siempre te saltas aquella parte en que mamá te dijo que dejaras de mirarla o llamaría a la policía.
—Nunca supe por qué se quiso casar conmigo.
—¿Seguro?
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