Con la ayuda de un árbol
- dowlezes
- 20 feb
- 2 Min. de lectura
Llevo un par de horas colgado de un árbol sin que nadie se haya percatado de mi nueva situación. Si bien el acto que he consumado es técnicamente calificable como un suicidio, realmente no es así. Puedo decir que se trata de un intento de auto-eutanasia, o mejor dicho un suicidio respaldado por la asistencia de la convicción; he pretendido eludir las limitaciones legales para no comprometer a un querido amigo, con su inestimable colaboración, a quien pensé recurrir para que tirara de la soga.
Lo mejor y realmente increíble es que no estoy muerto, o al menos no me siento muerto; más vivo que nunca, noto la cuerda prieta alrededor de mi cuello. El ahorcamiento en sí no es nada relevante, hay multitudes realizando este acto con estremecedora cotidianidad. Lo extraordinario de la situación son las capacidades de sentir y observar que aún conservo. Y es ahí donde radica la curiosa diferencia, puedo percibir mucho mejor lo que ocurre en mi entorno.
Pasan las horas, los días y por aquí no se acerca nadie. Seguro que desde lejos alguien tiene que haberse fijado en la sombra de mi silueta recortada en un fondo crepuscular, colgada del único árbol de la colina. Empiezo a tener serias dudas de que mi experimento pueda interesar a alguien, ¿será por la estremecedora cotidianidad?
****
Cerca de Ngorongoro, a orillas de una gran charca, conviven con mucha cautela, una manada de leones y cinco hipopótamos que se pasan el día sumergidos en el agua.
Con la ayuda de un árbol, las dos leonas que más corren permanecen al acecho, estiradas en lo alto de la gran rama, para proteger a los cachorros que juguetean sin pensar en el peligro.
A la sombra del gran árbol, el león más viejo, vigila en calma.
Desde hace décadas, los masais viven en armonía con los bigotes gigantes. Atrás quedaron aquellos años de cacerías y persecuciones.
A los únicos que mantienen a raya es a esos hipopótamos enormes, atestados de moscas acuáticas y provistos de unos dientes más llenos de mierda que la depuradora de Kenia.
El terrorífico mordisco de un bicho de esas características es más mortífero que el veneno de una serpiente cornuda.
De vez en cuando, la leona más veloz, desciende de la gran rama, para dirigirse a toda velocidad hasta la línea de seguridad que les separa de esa banda de energúmenos, rojos como pimientos, con el móvil en mano, intentando hacerse una selfie con dos hipopótamos que acaban de asomar por detrás del león.
Creo que hay mejores ayudas de un árbol de las que también se pueden hablar.