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Esperando al forense

Noah, la nueva experta en cultura Merimde de la Fundación Smithsonian, tenía una reunión de trabajo con Thomas Smith a las 9:00 hora Zulú.


—No lo entiendo. Me dijo que esperara sentada en la butaca azul del hall y que pasaría a recogerme con su equipo para encontrarnos con el profesor McNamara, —le decía a su secretaria Nancy mientras ésta le trajo un té con limón.


Noah sabía que su mentor era un tipo exageradamente puntual. De hecho, la semana anterior, habían quedado frente al obelisco, en Washington DC y llegó veinte minutos antes que ella. Debían hablar sobre los nuevos hallazgos encontrados junto a la pirámide escalonada de Sakkara que se presentaban muy prometedores. Parece ser que había una relación estrecha con el jeroglífico encontrado en la base del obelisco.


A las 10:40 hora Zulú, sonó el busca tres veces. Noah, con cierto disimulo, echó un rápido vistazo a la pantalla verde. El mensaje era corto, pero demasiado contundente como para no prestarle la debida atención.


«Noah. Smith. Tres patrullas policía. Entrada túnel. Cerca Avenida Pensilvania, lado izquierdo. Esperando al forense. Levantar cadáver profesor McNamara».


Noah, horrorizada, empezó a correr de un lado al otro del hall. No entendía nada.


—Pero, ¿qué ha pasado? ¡No puede estar muerto!


¿Por ciento veinte dólares y un llavero de plata?



****

La luz de neón del viejo motel parpadeaba, proyectando sombras erráticas en el asfalto húmedo. Dentro de la habitación 7, el detective Sandoval encendió su tercer cigarrillo de la noche, su rostro endurecido por años de casos que nunca terminaban bien. Frente a él, el cadáver de un hombre en traje caro yacía desplomado en el sillón, un vaso de whisky volcado junto a su mano.


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El reloj de pared marcaba las tres de la madrugada. El forense debería haber llegado hace una hora, pero en esta ciudad, la prisa nunca era una prioridad. Sandoval estaba solo con el cuerpo, y el aire pesado del lugar le provocaba un nudo en el estómago.


Algo no cuadraba. El disparo en el pecho era limpio, profesional, pero el hombre tenía una expresión en el rostro que Sandoval no podía explicar: una mezcla de sorpresa y alivio. En la mesa de noche, una fotografía descolorida mostraba al muerto abrazando a una mujer rubia. Detrás de la foto, un mensaje garabateado: "Nos veremos pronto".


Un ruido sutil lo sacó de sus pensamientos, como si el viento hablara, pero las ventanas estaban cerradas. Sandoval giró lentamente, su pistola en mano, y vio una figura al borde de la cama.


Era la mujer de la foto. Y estaba sonriendo.


El forense llegó veinte minutos después. Pero para entonces, ya no quedaba nadie que pudiera contar lo que había pasado.


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Streetjas
19 jul
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