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Conchas asesinas

¿Quién puede pensar que las conchas son asesinas después de leer esta historia?


La noche era cálida, y el sonido del mar acariciaba los sentidos como un susurro prometedor. Marina caminaba descalza por la playa, sintiendo la arena fresca bajo sus pies, cuando una brillante caracola atrapó su atención. La tomó con delicadeza y la acercó a su oído, esperando escuchar el murmullo del océano. Pero lo que oyó fue algo distinto, algo que le erizó la piel: un gemido suave, profundo, que parecía venir desde lo más íntimo de las olas.


Intrigada, siguió el rastro de conchas hasta un rincón escondido de la playa. Allí, el aire era denso y eléctrico, y la luna iluminaba una formación de conchas dispuestas como si la esperaran. Cuando tocó una de ellas, su superficie vibró bajo sus dedos, enviándole un escalofrío que recorrió su cuerpo.


Las conchas comenzaron a moverse, no de forma amenazante, sino seductora, trazando un círculo a su alrededor. Era como si la invitara a bailar, a dejarse llevar por esa energía desconocida. Marina, atrapada entre la fascinación y el deseo, cerró los ojos.


Entonces, una voz grave y sensual emergió de las profundidades:

—No temas. Somos parte de ti, del deseo latente de la marea.


Aquella noche, Marina entendió que el océano guardaba secretos que merecían ser explorados.



****

Conchas que sacian sus instintos más primitivos devorando, sin respeto, a aquellas almas inocentes que se acercaron tímidamente al calor de su semblante. Almas que soñaron con disfrutar aquel momento de gloria.


No todo es como a uno le hubiese gustado. 


Las conchas además de regodearse con sus ínfulas de prepotencia, les gusta acabar con sus presas sibilinamente, de puntillas, envenenando sigilosamente sus delicados corazones que una vez se abrieron en canal para conseguir solo un desprecio enorme.


Ellos, con las manos ensangrentadas, recogerían las cuatro migajas de autoestima que aún permanecían enteras en el frío suelo gris, observando cómo eran pisoteadas entre risas inmundas y carcajadas que salían de las entrañas más deleznables de esas diosas que, con tanta devoción, habían colocado en altares improvisados.


Esas conchas que no están por la labor, que deciden unilateralmente que no es el mejor momento para añadir su granito de arena en la fabricación de aquella perla que, tal vez y solo tal vez, un día no muy lejano, podría haber brillado tanto como el astro rey.


Las migajas que aún permanecen tiradas en el suelo, son arrastradas por miles de lágrimas derramadas por esos ojos que solo tuvieron un maravilloso instante.



****

Me encanta el mar, mirar al horizonte, respirar la brisa marina. Estar allí es como una meditación que me recarga de energía.


Cada vez que voy a la playa, dedico unos minutos a buscar y recoger conchas y piedrecitas. Me gustan las que tienen algo especial, las que se diferencian de todas las demás.


Juan me habló una vez de que existían las conchas asesinas. Os podéis imaginar con qué cara me lo quedé mirando. Me explicó que el mundo de las conchas era similar al mundo de los humanos, que habían muchos tipos de personalidad conchiles.


Yo estaba alucinando pero le seguí escuchando. Me contó, que de noche, las conchas cobran vida y que se relacionan entre ellas igual que los humanos, cada una tiene su trabajo, sus aficiones, su forma de ser y actuar.


A él le habían hablado de la concha asesina, la más cruel de la comunidad conchil, era una asesina en serie, se dedicaba a hacer trocitos muy pequeños con las otras conchas y acababa convirtiéndolas en polvo.


Me desperté muy sobresaltada, sudando, con palpitaciones, aún imaginándome a la concha asesina de conchilandia. ¡Suerte que nada de aquello era real!


Sigo recogiendo conchas en la playa, pero ahora siempre miro por el rabillo del ojo…


by solillum

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