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Esperar frente a la puerta

Se plantan frente a la puerta de la galería, mirándote de reojo, con un movimiento circular de orejas. No sé si es para llamar la atención o para decirte ¡Qué pasa! ¿Abres la puerta o qué?


Creo que solo les falta hablar.


Los humanos que disfrutan de sus mascotas, acostumbran a coincidir en acciones parecidas.


Les hablamos con un tono de voz que roza la cursilería.


—¿Qué quiere mi nena (o nene)? ¿Quiéres salir al balcón?—


Infinidad de preguntas tontas o no tanto, se las soltamos sin anestesia, esperando más de uno, a que nuestra mascota nos sorprendiera con una respuesta tan sencilla como directa: —pues claro. Ya estás tardando en abrir—.


Tengo dos gatos, macho y hembra. En más de una ocasión he pensado que si pudieran comunicarse conmigo, más de una vez dirían que dejara de acariciarles en la cabeza.


—¿Por qué no me dejas en paz y abres de una vez la dichosa puerta? Tengo ganas de tomar el aire fresco de la mañana y aquí estás tú, tocándome la pera.


Eso sí, a la que escuchan cómo abro la nevera y agarro la lata de pollito, ya están detrás mío esperando su ración diaria de comidita.



****

Raúl había recibido instrucciones precisas: esperar frente a la puerta de la casa número 17 en la calle Olmo. Sin golpear, sin hablar. Solo esperar. La carta era breve, sin firma ni explicación.


Eran las once de la noche cuando llegó. La puerta, negra y vieja, parecía consumir la poca luz de la farola cercana. Alrededor, el silencio era opresivo, como si el mundo entero contuviera la respiración.


Pasaron los minutos. Raúl sintió el peso del tiempo y una creciente sensación de ser observado. Quiso marcharse, pero sus pies parecían enraizados al suelo. De repente, un leve susurro surgió del otro lado de la puerta. Se estremeció, tratando de entender lo que decía.


A las once y media, el pomo giró lentamente, pero la puerta no se abrió. Solo se escuchó un crujido y luego el silencio volvió a caer, más pesado que antes.


A medianoche, el reloj del pueblo dio las doce campanadas. Con la última, la puerta se abrió de golpe. Dentro, todo era oscuridad, salvo un espejo que reflejaba a Raúl... pero su reflejo sonreía.


La puerta se cerró tras él sin emitir sonido alguno. A la mañana siguiente, en la calle Olmo, el número 17 ya no existía.


1 Comment

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Streetjas
Mar 04
Rated 4 out of 5 stars.

Letslukin, comparto contigo las mismas situaciones y opiniones en éste aspecto con los animales. 😊👍🏻😹

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