Una mujer alegre
- dowlezes
- 16 feb
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Dos casas más abajo vive una mujer de edad avanzada, con un carácter jovial que muchos jóvenes envidiarían. Es admirable por su talante apacible y tranquilo.
Inmersa de pies a cabeza en un proyecto de vida, como si fuera en la época que tenía veinte años, avanza despacio en una reforma de una parte de su inmensa casa, que ella sola no ocupa, para acondicionarla como alojamiento rural.
Es una obra ingente de la que probablemente se preguntará si la verá acabada. Ella misma, dentro de sus posibilidades, trabaja como una hormiga incorporando un elemento ahora aquí o allá y, de vez en cuando, recibe la ayuda de un hijo que viene a pasar unos días y de algún vecino con tiempo libre.
Esta mujer tiene un propósito, es un motor, un impulso que la mantiene con ilusión y ganas de ver cómo llega el futuro, mientras vive una vejez digna.
Admito que estoy afectado por una admiración convencida a una mujer por ser cómo es, por tener esta capacidad de proyectar lo que le queda de vida hacia un propósito, con toda la esperanza de conseguir un hito, aún con las dudas intrínsecas que deben pulular alrededor de una vida que se acerca al final de su camino.
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—¿Qué es más bonito, ser feliz o estar alegre?, —le preguntaba Irene a su abuela.
—Mi querida nieta, la felicidad es un estado y como tal cuesta mantenerlo todos los días. En cambio, la alegría es un sentimiento que puede crecer o decrecer según te tomes la vida.
Dolores nació el 17 de julio de 1923. Cuando estalló la guerra civil, cumplió trece años.
En esa etapa en la que una muchachita empieza a convertirse en mujer, la guerra le arrebató de un plumazo, esa familia feliz que la había arropado desde que nació.
Perdió a sus padres en un bombardeo, pero ella milagrosamente siguió adelante.
Se prometió a sí misma que aunque viviera cien años, sería una mujer alegre.
La felicidad se la arrebató una guerra sin sentido en la que peleaba gente que una vez fueron amigos.
—Querida Irene, en la vida tienes pocas opciones para seguir adelante si no eres una mujer alegre. Te puedes paralizar por la tristeza, la amargura, la desolación, el abandono, incluso el odio, pero si te lo tomas con alegría, verás que todo se hace más liviano.
—Ya eres mayorcita. Haz lo que quieras, pero con alegría todo se ve más hermoso.
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La verdad és que tengo una envidia sana a todas esas personas, y más cuando ya són mayores, que irradian esas ganas de vivir y estar alegres la mayor parte del tiempo.
Ojalá yo tuviera una cuarta parte de esa motivación.