¿Confías en el GPS?
- dowlezes
- 16 mar
- 3 Min. de lectura
Una tarde lluviosa, decidí emprender un viaje sin rumbo. Solo quería conducir, perderme en algún lugar. Al encender el coche, el GPS me saludó con su habitual voz monótona:
—¿Destino? —preguntó.
—Ninguno —respondí, sonriendo.
Sin embargo, el GPS parecía tener otras ideas.
—Te llevaré a un lugar especial —dijo, como si me conociera.

Sorprendido, decidí seguirle el juego. Me guió fuera de la ciudad, a través de caminos desconocidos. A medida que avanzábamos, los paisajes se volvían más espectaculares. Montañas, ríos cristalinos, y pequeños pueblos que jamás había visto. Parecía un viaje diseñado solo para mí.
—¿Cómo sabes a dónde quiero ir? —pregunté, sintiendo que el dispositivo había dejado de ser una simple herramienta.
—Te he observado todo este tiempo —respondió el GPS—. Conozco tus rutas, tus pausas, tus momentos de duda. Sé que a veces necesitas perderte para encontrarte.
El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Finalmente, me llevó a una colina, con una vista impresionante del horizonte. Detuve el coche y bajé, maravillado.
—Este es tu destino por hoy —dijo la voz, apagándose lentamente.
Me quedé ahí, en silencio, sabiendo que el GPS, de alguna forma, había entendido mejor que yo lo que necesitaba.
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¿GPS es la abreviatura de gilipollas o Sistema de Posicionamiento Global?
Cada vez somos más lerdos y vagos para acciones cotidianas en las que intervenga la inteligencia artificial, como ir de un punto A a otro B, buscar en internet algo que nos interesa, bajar la intensidad de la bombilla o localizar aquella canción que llevamos tarareando casi toda la tarde.
Nos hemos acostumbrado a los asistentes virtuales como Alexa, Siri, Google Assistant o Bixby para que hagan por nosotros lo que podríamos hacer si no es por esa pereza que nos ha invadido.
Para gustos, colores. La voz de Google Maps, por ejemplo, en mi caso, es de una muchacha pija de Sant Cugat, que le dice al lerdo que a ciento cincuenta metros habrá llegado a la rotonda en la que permanecerá tres o cuatro vueltas antes de salir por la cuarta bocacalle. Y tardará tanto porque mientras le habría preguntado a Bixby por aquél restaurante al que fue el mes pasado, sí hombre, aquel en el que repartían rosas rojas en cuencos tibetanos.
Tendremos que esperar a que Google Maps nos pregunte qué tal fue la comida con la rubia y si podemos darle una buena puntuación.
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¡Maldito GPS, otra vez estoy en un callejón sin salida!, exclamó Nuri muy enfadada.
En esos momentos se acordó de los viejos mapas, esos que todos llevábamos en el coche.
Sorprendentemente, siempre nos llevaban a buen puerto.
Recuerdo, que antes de iniciar un viaje, cogíamos el mapa, lo abríamos encima de la mesa y mirábamos la ruta que teníamos que hacer, tomábamos nota de los desvíos importantes y nos sentíamos seguros de llegar bien a nuestro destino.
También teníamos el callejero de Barcelona, un librito con todas las calles de la ciudad, era imprescindible si queríamos ir a un lugar nuevo de la ciudad y casi nunca fallaba.
Ahora tenemos el GPS, un gran adelanto, sí, pero a veces te lleva a lugares inesperados o te hace dar mil vueltas, por el mismo lugar, si te encuentras con una calle cortada.
Salimos de casa sin tener ni idea de en qué dirección ir, confiando ciegamente en que el GPS nos llevará a dónde queremos ir, ¿y si nos quedamos sin conexión?, ¿sin batería en el móvil? No quiero ni pensarlo, de noche, en medio de la nada, sin saber dónde estás ni por dónde ir, ¡socooorrooo!
by solillum
Yo también, a veces, me cago en el GPS. Sobretodo cuando me hace dar vueltas enormes y sin sentido.
También encuentro a faltar los mapas de toda la vida.